Jonathan cogió a su joven esposa en brazos, “¡Oh, Jonathan, qué romántico!”, le dijo ella, besándole fuertemente, “Tengo que admitir que esto es bastante emocionante”. “Ya ves, cariño”, dijo Jonathan, con una sonrisa astuta, “No tiene por qué ser todo malo, ¿no crees?”. El cochero hacía tiempo que se había ido, con lo que estaban los dos solos....entonces ¿por qué sentía aún como si alguien le estuviera mirando?. Se quedó un momento parado, con su esposa en brazos. Estaba oscuro, y el viento soplaba helado congelándole la espalda. Avanzó hacia la puerta y forcejeó torpemente con el gran tirador de bronce. La gran puerta se abrió lentamente, chirriando, y ellos atravesaron el umbral. “Bienvenida a tu nuevo hogar, querida mía.....”.
En el interior todo estaba intacto, excepto lo que habían tocado las ratas, y el polvo acumulado desde hacía mucho tiempo también había dejado su marca. Con una vela y sus ojos abiertos como única arma, se abrieron camino en la oscuridad, hasta que las luces de todas las habitaciones se encendieron otra vez.
“Este sitio tiene un cierto….encanto” Dijo Miriam, encendiendo la última vela. Sopló la larga mecha de madera que había usado y dijo “Ahora que hay luz en toda la casa, parece que no es tan horrible como parecía ¿no crees, cariño?”.
Jonathan estaba mirando embelesado un viejo retrato de n hombre canoso y noble. Él conocía a este hombre, cuya cara era muy similar a la suya. Era su abuelo, el gran Conde de LaFey. Jonathan sabía muy poco de él, sólo que había muerto hacía siete años y que había nacido en 1811. Sabía también que había sido un fiero soldado que se había hecho a sí mismo cuando era joven, desde los barrios bajos de Londres hasta algunos de los mas grandes campos de batalla de Europa y Asia. Poco a poco fue ascendiendo hasta mandar ejércitos, de tal forma que pudo reclamar algunas tierras para sí y el título de Conde.
Por alguna razón, se sabe muy poco de él tras su matrimonio con la Condesa de LaFey, pues nadie quiere hablar de ello....
Mientras Jonathan contemplaba el retrato, éste empezó a cobrar vida propia.....¡Empezó a respirar!....Bueno, esto no es estrictamente cierto.....parecía que era la casa entera la que respiraba ¡parecía estar viva!.
Jonathan se sobresaltó cuando su esposa le agarró el hombro y comenzó a agitarle “¡Oh, Jonathan, me has asustado muchísimo!” decía ella llorando mientras lo abrazaba. Sollozando, le decía “¡Era como si no estuvieses aquí! Te llamaba una y otra vez, y tú sólo te quedabas ahí parado....¡ante ese espantoso retrato!” Su voz sonaba ahora mas fuerte, casi enfadada “¿Quién es ese hombre? ¿por qué te comportabas así?” preguntó ella.
“Es mi abuelo, el viejo conde”.Jonathan intentó contestarla bruscamente, pero, después de lo que había visto, estaba un poco nervioso “Es el hombre que construyó este lugar”. Estaba claro que Miriam no había visto lo mismo que él. Quizás estaba demasiado preocupada con su extraño comportamiento como para darse cuenta de nada más. Eso o....¿quizás se estaba volviendo loco?. De cualquier forma, no sería bueno contarle a Miriam lo que había visto, así que dijo: “Lo siento, querida. Debe haber sido culpa de este largo viaje”, le aseguró él “ahora ven, la vela ha comenzado apagarse” dijo Jonathan, “Vamos a la cama”. La chimenea había dejado de arder, y ambos cayeron dormidos antes del amanecer. Soñando....soñando....¡y no se dieron cuenta de que la sombra del muro realmente volvía a la vida!.
La noche siguiente la oscuridad se cerró en torno a la casa, y Miriam dormía como un tronco cuando la cara de Jonathan palideció.
La habitación estaba fría como el hielo, pero el fuego ardía aún. Las mismas llamas parecían congeladas, ¡como si el frío de la mansión hubiese absorbido el alma del fuego!. De repente, apareció una luz cegadora que pasó rápidamente por la habitación, y una niebla comenzó a surgir del suelo, rizándose alrededor del cuerpo de Jonathan, y entrelazándose en sí misma por cada resquicio de la habitación.
A través de la niebla, rodeado por un halo de luz brillante, ¡comenzó a aparecer una figura fantasmal ante él!. Era el Fantasma Familiar, que se había levantado otra vez....El fantasma de su abuelo. “No tengas miedo” dijo con voz misteriosa “No tengas miedo, amigo mío, soy el Conde de LaFey. Permite que te lleve a la cripta de allá abajo, ¡donde descansa Abigail!”
Jonathan no podía creer lo que veían sus ojos. La aparición se le acercó y dijo “Deja descansar a Miriam, ella nunca lo entendería. Ahora, vamos....es la hora de saber”. Jonathan no sabía que hacer, por lo que siguió al fantasma por un tortuoso camino que rodeaba la mansión. Finalmente, , llegaron a un oscuro vestíbulo lleno de telarañas, fruto de los largos años que había estado abandonado. Al final del vestíbulo había una arquería tallada, e incluso con la débil luz de la vela, se podían ver las imágenes talladas en la piedra, diablos y demonios que danzaban por el centro del arco, y ángeles rezando arrodillados en el final. Lo que Jonathan no pudo ver fue que, garabateadas con tiza en el suelo, estaban las palabras “Aquí yace la maldad”. Mas allá del arco estaban las escaleras mas empinadas que Jonathan había visto nunca. Eran muy estrechas y le hicieron sentirse mareado con solo mirar hacia abajo. Con mucho cuidado, comenzó a bajar.
“¡Espera!” dijo de repente la misteriosa figura “Cuidado con las resbaladizas escaleras. Podrías caer fácilmente, y romperte el cuello. Acércame esa antorcha y alumbraré el camino que lleva al secreto que hay en la oscuridad. Echa un vistazo a la tumba. La tumba. El sarcófago....de un niño. Abigail ha estado aquí durante años y años. Nacida muerta”.
“Abigail” pensó Jonathan para sí “¿por que parece tan misteriosamente familiar?”. El Conde continuó “El espíritu de Abigail está dentro de tu esposa, ¡ y sólo hay una forma de que puedas impedir el renacimiento de la misma maldad!”. Hizo una pausa, y en el silencio, Jonathan supo lo que iba a venir después. Con una voz que helaba los huesos, el conde dijo “Debes quitarle la vida ahora....”