LOS SUCESOS DE ATENAS
(III)
por Bruce G. Bancroft
autor de «LOS MENDIGOS DE ISIS (I)» y «LA VENGANZA DE ISIS (II)»





  A los pocos días de haber sido testigo de los sucesos que acaecieron en la mansión Lenton, llegó a mis manos una carta certificada; un abultado sobre, en el interior del cual, hallé numerosos folios nerviosamente manuscritos. Mi malhadado amigo Víctor me había dirigido aquella misiva tras la primera e infructuosa visita que rendí a su casa. El destino, o quién sabe qué tortuosas potencias, habían sido causantes de que aquella carta tardara más de lo habitual en llegar a mis manos. De no haber sido así, es posible que no hubieran tenido lugar los espantosos sucesos de que fui horrorizado testigo la segunda vez que acudí a los dominios campestres de los Lenton.
  Antes de pasar mi vista por los apretados renglones, acudió a mi mente el recuerdo de la catástrofe que redujo a cenizas la mansión de Víctor. Rememoré en un instante el acuciante mensaje de auxilio que me dirigió su hermana Mercedes, y me vi nuevamente ante la aristocrática casa de campo, teñida de matices sombríos, después de que mi malogrado amigo regresara de Egipto.
  Adriano, esposo de Mercedes, y cuñado, por tanto de Víctor, había partido tiempo ha en dirección a cierto lugar de Egipto, donde debería dedicarse a realizar tareas de investigación arqueológica en determinadas excavaciones. Tras algunos meses de silencio, Mercedes comenzó a inquietarse por su esposo. Rogó, y obtuvo, de su hermano Víctor que éste se trasladara a Egipto a fin de localizar a Adriano, si continuaba con vida, y lo hiciera regresar sano y salvo a Inglaterra.
  La propia Mercedes, por medio de una carta, me hizo sabedor de las peripecias por las que pasó su hermano en el antiguo país de los faraones. Por ella supe que Adriano había sido subyugado por una misteriosa secta, los mendigos de Isis, y que, pese a los buenos oficios de Víctor, nada se pudo hacer para que el arqueólogo abandonara el nuevo género de vida que había elegido. Extrañas potencias, cuya existencia pasa desapercibida para la mayoría de los mortales, dominaban el espíritu de Adriano.
  A poco de regresar de Egipto, el mismo Víctor se vio subyugado por aquellos antiquísimos poderes. Un espíritu infernal, o celestial quizá –a veces estos extremos se tocan–, se posesionó del hermano de Mercedes y le obligó a llevar a cabo acciones tan nefandas y atroces como el asesinato y posterior momificación de su propia hermana. Yo fui testigo de estos sucesos y todavía, algún tiempo después de que acaecieran, me estremezco al recordar la mastaba que Víctor hizo construir en su jardín y los horrorosos ritos a que se dedicaba ante el cadáver embalsamado de Mercedes, a la que en su locura, llegó a hacer su esposa.
  Es cierto que cuando me encontraba con Víctor en presencia del cuerpo de Mercedes en el interior de aquel recinto sepulcral, creí reconocer, influenciado sin duda por el miedo, los rasgos de cierta divinidad egipcia superpuestos a los de la esposa de Adriano. No es menos verdad que, todavía hoy, no puedo explicarme de qué modo fui obnubilado por aquel clima de misterio; sólo bajo semejantes circunstancias pude imaginar que la momia resucitaba y se incorporaba en su ataúd. Pero, tras reflexionar detenidamente, una vez conocidos todos los extremos de la historia, no puedo por menos de pensar que no todas las cosas tienen una explicación satisfactoria y racional. En los avatares por los que pasaron los tres miembros de la familia Lenton, existen elementos inexplicados, situaciones no resueltas. Un misterioso aroma a incienso y una velada penumbra propia de los antiguos templos se enseñorea hoy de las ruinas, vestigio único de lo que fuera antaño la esplendorosa mansión de familia.
  «Estimado y último amigo –comenzaba la misiva de Víctor– : Esta no es una carta de disculpa por no haberle recibido la tarde en que llamó usted a mi puerta. En modo alguno me arrepiento de lo que hice, y, si usted estuviera al corriente de las circunstancias por las que atraviesa mi vida, no podría por menos de agradecerme lo que, ignorante de estos extremos, habrá sin duda considerado una grosería impropia de una persona civilizada. Sepa que, al no haberle permitido el acceso a la mansión, seguramente he salvado su vida. No se pregunte de qué ni por qué motivo. Bástele saber que así ha sido, y, si no desea que su existencia se vea conturbada por sucesos que escapan a toda comprensión, y que quizá determinaran su desaparición de la faz de la tierra, le ruego, de rodillas, si es preciso, que no vuelva a acercarse a las proximidades de la mansión Lenton ni a recordar que en ella habitan –no me atrevo a escribir viven– dos personas a las que antaño llamó amigas».
  «No es prudente que sepa por qué mi esp... (esta palabra aparecía tachada) mi hermana y yo permanecemos encerrados en estos dominios. Bástele con saber –mentía– que mi cuñado Adriano ha muerto en un alejado rincón de Egipto, y que yo seguiré su camino, más tarde o más temprano, en otro rincón de Inglaterra que he hecho modificar a fin de que adquiera cierta semejanza con determinado lugar, cuya existencia afortunadamente ignora usted, denominado Dar-el-Sakar. Mercedes, a veces reconozco todavía en ella los rasgos de mi querida hermana, permanecerá conmigo para siempre. Nada necesitamos; ninguna ayuda ni socorro nos es preciso, de manera que, se lo ruego encarecidamente, no vuelva a aproximarse a nuestra casa y considere que hemos dejado de existir».
  «Se preguntará usted entonces si no habría sido suficiente un silencio continuado y un sistemático rechazo de sus intentos, si es que se produjeran nuevamente, para vernos. Es de suponer de su esmerada educación que una nueva negativa a franquearle nuestra puerta habría determinado el fin de nuestras relaciones. Es también seguro que, los principios británicos, que son la base de sus conocidas buenas maneras, le habrían aconsejado ignorarnos en adelante. Pese a todo lo dicho, y a fin de insistir de nuevo sobre lo que nunca se hará suficiente hincapié, es por lo que me dirijo  a usted por medio de esta carta».
  Al llegar a este punto, me detuve a reflexionar. El firmante de la misiva, mi amigo Víctor, había perecido en el incendio que siguió a mi segunda y última visita a la mansión Lenton. Su hermana Mercedes, a instancias de la cual volví una segunda vez a aquellos dominios campestres, había fallecido ya –me horroriza imaginarlo– antes de que yo pusiera los pies en la casa la última vez que lo hice. ¿Qué había movido entonces a Víctor a escribirme una carta rechazando mi amistad para lo sucesivo? Puesto que él lo confesaba en la carta, sabía que un silencio prolongado me habría hecho reconsiderar mis relaciones con los Lenton. ¿Acaso bajo aquellas palabras de rechazo se ocultaba una angustiosa llamada de socorro que las buenas formas, aun en semejantes circunstancias, no aconsejaban hacer más explícita?
  «Se preguntará usted de todos modos –continuaban las letras de mi difunto amigo– si no habría bastado un prudente silencio para que nuestra amistad se fuera enfriando. Debo confesar inmediatamente, entonces, que existe otro propósito en el envío de esta carta. Un propósito egoísta, si usted quiere, pero, tan imperioso, que me mueve a comunicarme por última vez con usted y descargar mi espíritu de una parte de los horrores que lo atormentan».
  «Se trata de hacerle partícipe de un suceso que me acaeció durante el transcurso de mi viaje a Egipto –continuaba escribiendo Víctor– y de ponerle sobre aviso acerca de los peligros que pueden acechar a una persona, que como usted, es aficionada a hacer turismo y se precia de perderse en ciudades completamente desconocidas con la simple ayuda de un plano y una brújula».
  «Bien sé que un británico no es extranjero en ningún sitio, y que la mayoría de los habitantes del continente se precian de hablar, de forma detestable, debo admitirlo, el idioma de Shakespeare. Pero sabedor, por una conversación que mantuvimos hace algunos meses, de que proyectaba usted visitar Grecia, es por lo que voy a hacerle partícipe de un suceso de extraordinarias características y de espantable memoria que me acaeció en Atenas».
  Tras la lectura de estas últimas palabras, mi mano comenzó a temblar, y con ella, la hoja de papel que mantenía ante mis ojos. Recordé que, en la carta de auxilio que me enviara Mercedes, se hacía referencia a tales sucesos calificándolos de increíbles y espantosos. La propia Mercedes se confesaba incapacitada para repetirme el relato de aquellos hechos debido al pavor que tal rememoración le produciría.
  Procuré serenarme a fin de continuar leyendo, pero mi pulso se había alterado de tal modo, que me vi forzado a depositar los folios sobre al mesa y a servirme una generosa dosis de whisky.
  Mi espíritu, conturbado todavía por la catástrofe de la mansión Lenton, se vio alterado por un nuevo misterio, que estaba a punto de desvelar. Y, justamente, cuando, para procurar olvidar todo lo referente a los acontecimientos de que había sido testigo, estaba a punto de partir hacia Atenas.
  ¿Qué actitud me convenía tomar? ¿Debería seguir leyendo y entonces enterarme de aquellos, al parecer, espantosos sucesos, o, por el contrario, me convenía mejor suspender la lectura de la carta a fin de no sentirme influenciado por historias inventadas o exageradas quizá? Era el caso que, a la mañana siguiente, partía rumbo a Grecia con la intención de practicar el turismo y me encontraba ahora con la amenaza, o quizá con el impagable servicio, de la revelación de ciertos hechos que, sin duda, habrían de conturbar mi espíritu y predisponerme hacia una intranquilidad que en modo alguno resultaba deseable.
  A pesar de las reflexiones anteriores, me fue imposible apartar las hojas de mi vista. Busqué el punto en que había interrumpido la lectura de la carta y continué descifrando aquella nerviosa letra.
  «No puedo por menos de pensar –seguía diciendo mi extinto camarada– que los sucesos de que fui protagonista en Atenas estaban de algún modo conexionados con los posteriores acontecimientos que había de vivir algún tiempo después en las riberas del Nilo. Se trataba, con toda certeza, de una especie de preparación física y espiritual, de un entrenamiento, que me permitiera enfrentarme, sin sucumbir de inmediato, con las extrañas potencias de las que en estos momentos –y para todo lo que me reste de vida– soy ya incondicional esclavo».
  «Ahora se me aparece claro –dentro de la profunda oscuridad en que estos misterios están sumidos– que, al decidir, a instancias de mi hermana Mercedes, partir rumbo a Egipto con el fin de localizar a Adriano, se desencadenaron toda una serie de acontecimientos conducentes a someter mi alma y cuerpo a aquella cuyo nombre no me atrevo a pronunciar ni a poner por escrito. Pero, sin otros preámbulos, voy a narrarle la horrenda sucesión de hechos que me aconteció en la capital de Grecia. Considere, no obstante, que, si no el pavor al recordarlos, lo limitado de mi estilo y la pobreza de las expresiones de la lengua, aunque ésta sea la del cisne de Avon, impedirán que llegue hasta usted –lo que deberá considerar una suerte– un fiel relato de aquellos hechos. Bástele este pálido reflejo de la realidad para mantenerle sobre aviso si es que, tras la lectura de esta carta, no ceja en su deseo de visitar la antigua Atenas».
  «No bien puse el pie en suelo griego, cuando una extraña sensación de peligro me impidió gozar plenamente de la satisfacción de hallarme en un país en el que, naturalmente, cualquier turista debe experimentar un gozo singular. Apenas anduve unos pasos...».
  Al llegar a este punto de la narración, me detuve a reconsiderar la actitud que me convenía tomar. Seguramente, el relato que seguía no era sino producto de la imaginación de mi desdichado amigo, pero, caso de que verdaderamente le hubiera sucedido algo extraordinario en aquella ciudad, de ello no había forzosamente deducirse que a mí me pasaría lo mismo. Atenas es visitada a diario por miles de personas que no buscan sino deleitarse en la contemplación de sus sugerentes restos arqueológicos, y no era otro mi caso. Yo no partía rumbo a Grecia con al intención de rescatar a nadie de las garras  de las potencias del mal –suponiendo que aquellas hubieran sido las miras de Víctor– sino con la sana intención de solazarme con unos días de vacaciones. En vista de lo cual, y para evitar sugestionarme con temores que enturbiaran lo que no debería servir sino para serenar mi ánimo, decidí no continuar la lectura de la carta y guardara a buen recaudo en uno de los cajones de mi escritorio.
  Decidido a gozar plenamente de mi viaje, recorrí Europa evitando emplear medios de transporte excesivamente rápidos. El automóvil y el ferrocarril resultaron ser los vehículos más adecuados para contemplar el paisaje y detenerme aquí y allá durante algunas jornadas. El clima, en general, me fue favorable, lo que contribuyó a hacer mi periplo algo en extremo agradable.
  Finalmente, cierto día tomé el tren que debía conducirme hasta la capital griega. El convoy era ciertamente confortable, por lo que, sin tomar todavía contacto con los naturales del país, que seguramente viajarían en medios de transporte más modestos, me mantuve ignorante de la realidad circundante hasta que puse pie en tierra. El gran número de ingleses que compartían conmigo el tren, contribuyó a que enfrascado cada cual en la lectura de los diarios o en circunspectas conversaciones, me hiciera la ilusión de que continuaba todavía en los dominios de Su Majestad.
  Apenas descendí al andén, experimenté simultáneamente diferentes sensaciones, que, amalgamadas, tuvieron la virtud de hacer comprender a mi cuerpo y a mi espíritu, que me hallaba en un país mediterráneo y antiquísimo.
  Bajo la marquesina de la estación, se agolpaba una multitud abigarrada que se agitaba incesantemente hablando a gritos estentóreos, los cuales, unidos a los que proferían los vendedores ambulantes y los empleados de los diferentes hoteles, intentando atraer al mayor número posible de viajeros, constituían una algarabía tal que permanecí por unos momentos perplejo. La luz era radiante, y el cielo, por lo que se podía columbrar a través de los ahumados cristales, límpidamente azul. Una temperatura agobiante reinaba en los andenes, y desde la calle llegaba hasta el interior de la estación el sordo rumor de la circulación rodada y un estrepitoso concierto de las bocinas de los automóviles, que parecían circular, a juzgar por el bullicio, de la forma más anárquica y desordenada.
  Despreciando los ofrecimientos de los mozos, me dirigí hacia el exterior con la intención de tomar un taxi que me condujera hasta el Hotel de Londres, donde había tenido la precaución de reservar previamente habitaciones. Sorteando la multitud, atravesaba decididamente el vestíbulo, cuando un pordiosero se cruzó en mi camino solicitándome unas monedas. Su aspecto era tan repulsivo que, utilizando con suavidad el extremo de mi bastón, intenté apartarle con delicadeza, pero el mendigo, que parecía ciego, aunque por la forma en que me asediaba no debía serlo, continuó insistiendo sin decir palabra. Molesto por su pertinacia, le propiné un empujón y descendí calmadamente la escalinata que conducía hasta la calzada. Una multitud de personas asaltaba de forma desordenada los taxímetros y coches de punto que acudían a las inmediaciones de la estación. Afortunadamente, y seguramente debido a mi porte británcio, uno de los conductores, se aproximó adonde me encontraba y, saludándome en un horrendo galimatías, que el pobre hombre debía de tomar por correcto inglés, cogió mi maleta y me condujo hasta su coche, una vez instalado en el cual, y tras darle la dirección del hotel, intenté aislarme de la realidad circundante, en la que tan repentinamente me había visto inmerso. Minutos más tarde, mientras el taxi en el que viajaba recorría las calles de Atenas, comprendí que, lo que deseaba apartar de mi mente no era la sensación de anárquico bullicio, y, repentinamente, volví a contemplar en mi imaginación al mendigo que me había solicitado una limosna en la estación.
  Un abundante sudor cubrió mi cuerpo mientras rememoraba la desfigurada faz y el lamentable porte del mendigo, y, aunque me había propuesto olvidar por completo horribles sucesos ocurridos semanas atrás, comprendí que aquellos acontecimientos pesaban en mi ánimo más de lo que había supuesto. Porque en aquel desarrapado pordiosero creí reconocer algunos de los rasgos del infeliz Adriano.
  Luché unos momentos conmigo mismo, al cabo de los cuales, pretextando haber olvidado algo, di orden al taxista de que se dirigiera de nuevo a la estación. Subí de dos en dos las escaleras que conducían al amplio vestíbulo, repleto de público, y lo recorrí en todas direcciones intentando localizar al mendigo, pero todo resultó inútil. Seguramente, el pordiosero, en el que mi obnubilada mente había creído reconocer a Adriano, continuaría su recorrido diario por otra zona de la ciudad.
  Cuando regresaba hacia el taxi, me volví dos veces creyendo que alguien me espiaba tras las columnas, imitación de estilo dórico, que daban paso al vestíbulo, pero no pude ver a nadie. Maldiciendo por haber cedido tan pronto a obsesiones que creía ya desaparecidas, subí al coche y ordené a su conductor que tomara el camino del hotel. Ni siquiera me digné a responderle cuando me preguntó si había recuperado el objeto olvidado.
  Una vez instalado en el hotel, inspeccioné detenidamente las habitaciones encontrándolas en extremo confortables. En el interior de aquel establecimiento, experimentaba la sensación, de igual manera que me ocurrió en el tren, de hallarme todavía en territorio británico. Sin duda alguna, la visita a la ciudad y a sus alrededores me devolvería a la realidad.
  Tras haberme aseado convenientemente, vestí un traje adecuado al clima reinante y me dispuse a dejar el hotel para realizar una primera visita a la ciudad. Desde la ventana de mi habitación se divisaba la Acrópolis, distante tres o cuatro kilómetros, pero mi intención era dirigirme hacia cierto barrio donde, según mis noticias, no era en exceso difícil encontrar tiendas en las que los objetos antiguos resultaban relativamente fáciles de adquirir, aunque a precios desde luego exorbitantes.
  En el hall del hotel reinaba en aquel momento una confusión insólita. Varios empleados hablaban entre ellos en su lengua, ya algunas damas de aspecto británico comentaban indignadas algún suceso que, seguramente, había sido el causante del alboroto. Un hombre con el inequívoco aspecto de ser el detective del hotel, regresaba acalorado de la calle. Al entregar mi llave en la recepción, me interesé por la clase de incidente que había ocasionado tal confusión. «Realmente extravagante», dijo alguien a mi lado. Me volví con presteza y pude ver que quien se había dirigido a mí era un caballero que lucía un hermoso mostacho y se servía de un monóculo de montura dorada. «Si no fuera por lo desagradable podría resultar pintoresco», añadió. Y, acto seguido, me informó que un repugnante mendigo había intentado introducirse en el hotel a través de la puerta principal y había sido expulsado por los empleados tras un violento forcejeo.
  Experimenté al instante una extrema debilidad, y un sudor frío cubrió mi cuerpo. Sin duda, mi rostro delataba el estado en que me había sumido el relato del incidente, porque mi compañero de alojamiento se interesó por mi salud y se permitió preguntarme si me encontraba mal.  «No es nada», repuse, «Seguramente el calor». «Resulta singular la capacidad de estas gentes para soportar este clima excepcional», comentó el caballero, corrigiendo así el hecho de haberse dirigido a mí en términos tan familiares y haberse permitido observaciones e carácter personal.
  Despidiéndome de él, me senté en uno de los sillones del hall y, tomando uno de los periódicos, fingí interesarme en sus páginas, pero, en realidad, mis ojos escrutaban la porción de calle visible desde donde me encontraba. Cuando me repuse de la impresión que la narración del incidente me había causado, me irrité conmigo por permitir que un hecho de escasa importancia, como aquel, influyera tan decisivamente en mi ánimo. Sin ningún género de dudas, los sucesos que me tocó vivir en la mansión Lenton habían dejado honda huella en mi espíritu.
  Salí al exterior del hotel. la luminosidad del cielo, los ruidos del tráfico y el ir y venir de las gentes de una ciudad ten densamente poblada como Atenas, me reconfortaron un tanto esta vez. Necesitaba expansionarme y tomar contacto con las maravillas que encerraban los museos y los derruidos templos. Abrí el plano, y, tomando una pequeña brújula que siempre llevo conmigo, me lancé a recorrer calles y más calles en dirección al barrio de los orfebres y anticuarios.
  De vez en cuando, me detenía frente a un escaparate y me sorprendía a mí mismo contemplando a los transeúntes reflejados en el cristal. No conseguía apartar de mi imaginación los ojos de aquel mendigo que me había abordado en la estación hacía unas horas.
  Mientras caminaba indolentemente, me hacía reflexiones procurando razonar lo más cartesianamente. ¿Cómo era posible que la faz de un harapiento mendigo me recordara tan vívidamente a la de Adriano? El marido de la infeliz Mercedes, si todavía continuaba con vida, debería de hallarse pidiendo limosna en los arrabales de El Cairo, suponiendo que aquella historia de los mendigos de Isis fuera completamente verídica. En pleno bullicio, en mitad de una calle de Atenas, resultaba difícil de creer que no era una pesadilla lo ocurrido en la mansión Lenton. El pulular de las gentes, los murmullos de vida, el clima mediterráneo, hacían que me inclinara a pensar, lejos de las brumas de las islas Británicas, que todo aquello tenía una explicación racional: Adriano había perecido o se había enamorado de otra mujer; Víctor había enloquecido víctima inocente del abandono de su marido y de la vesanía de su hermano. Pero, en medio de aquellos pensamientos, una congoja secreta se iba apoderando de mí. ¿Por qué no había leído por completo la carta de Víctor? ¿Qué clase de sucesos eran aquellos que le habían acaecido en la ciudad en que a la sazón yo me encontraba? ¿Por qué el miedo me había forzado a guardar la carta en uno de los cajones de mi escritorio, en vez de impelerme a leerla enteramente?
  De pronto, sentí un pequeño toque en el hombro. Me volví sorprendido, y contemplé aterrado unos ojos que se fijaban en mis ojos; unos labios que murmuraban unas palabras que no conseguí entender; unas manos temblorosas que asían mis ropas con increíble fuerza.
  Perdiendo por completo el control de mí mismo, emprendí una loca carrera cruzando la calle con evidente riesgo para mi integridad física (de la mental comenzaba ya a dudar) y me alejé con toda la velocidad que mis piernas me permitieron de aquella zona. Me detuve a considerable distancia, y entré en un cafetín donde, con dificultades, hice comprender que deseaba un brandy. Una vez que lo hube ingerido y me sentí reconfortado por el alcohol, me pregunté si comenzaba a ser presa de alucinaciones o, por el contrario, había visto a Adriano, terriblemente desfigurado, bajo aquel repulsivo disfraz de mendigo. Lo más lógico –me decía– hubiera sido no perder la calma y enfrentarme con el pordiosero, que parecía presentárseme demasiadas veces desde mi llegada para que pudiera ser considerado un hecho fortuito. Sólo de aquella forma me habría visto libre del terror  que me inspiraba. Si se trataba de un mendigo vulgar, me bastaría darle una limosna para alejarle, pero, ¿y si acaso fuera Adriano? La lógica más elemental me dictaba que, caso de tratarse del marido de Mercedes, mi comportamiento había resuelto del todo inadecuado. Lo más indicado hubiera sido darme a conocer, si el infeliz no era ya capaz de hacerlo por sí mismo, y prestarle toda la ayuda posible. Eso sin contar que, de aquel modo, estaría en condiciones de enterarme de lo que en realidad había ocurrido.
  Tras un provechoso paseo por algunas tiendas de antigüedades, regresé al hotel. Había realizado algunas compras, la mayoría objetos sin valor, meras reproducciones, que pensaba regalar entre mis amistades. Pero, entre aquellos recuerdos, había uno que me llamó poderosamente la atención, no por su valor intrínseco –había comprobado ya que todo lo genuino se encontraba en museos o en casas particulares– sino debido a ciertas coincidencias que no dejaron de sorprenderme.
  Se trataba de una estatuilla de pocos centímetros de altura, un juguete quizá, que representaba a una divinidad de la mitología helénica, a pesar de lo cual, presentaba un hieratismo y una solemnidad poco acordes con el arte griego. El comerciante me aseguró que se trataba de algo valioso y yo, subyugado por el singular sincretismo que creía percibir, lo adquirí sin molestarme en desmentir las argumentaciones del astuto anticuario.
  El porte y la actitud de la figurilla, así como algunos atributos representados, podían hacer pensar en una representación Deméter, pero, ciertos detalles ponían de manifiesto influencias de otras civilizaciones, singularmente de la egipcia.
  Aquello, no obstante, no tenía nada de extraño a primera vista. De sobra sabía yo que la mitología griega se vio influenciada por la egipcia en algunos aspectos. Los trasvases y paralelismos en las religiones antiguas no resultan en absoluto sorprendentes. Pero el singular adorno que remataba la cabeza de la estatuilla me inquietó. ¿Qué cosa eran aquella especie de cuernos que se elevaban sobre la frente de la diosa? ¿Qué era aquel círculo incluido entre los dos apéndices?
  Vinieron a mi memoria, entremezclándose, los mitos de Deméter y de Io. La transformación en vaca de la ninfa; los cien ojos de Argos... Y todo ello se amalgamó con la representación de la diosa Isis en la mitología egipcia. Indudablemente, existían semejanzas formales en cuanto a los atributos, pero, lo que no resultaba en absolutamente desconcertante bajo el punto de vista arqueológico, comenzó, sin embargo, a desazonarme y a producirme una extraña inquietud.
  Agotado, finalmente, por el largo viaje y por las emociones suplementarias, ya fueran reales o imaginadas, decidí acostarme con la esperanza de que un sueño reparador borrara de mi mente los residuos de acontecimientos desagradables de los cuales había sido testigo en mi país.
  Me incorporé en el lecho haciendo un esfuerzo para despejarme. La estatuilla, que había depositado sobre una mesa cercana a la ventana, recibía la luz de la luna de forma tal que semejaba fosforescer en la oscuridad. Entre la luz procedente del astro nocturno y la que parecía emitir la propia estatua, se estableció –o al menos eso me pareció a mí– una especie de silencioso diálogo, una comunicación tan tenue como lo es el brillo de la luna llena.
  Esforzándome por actuar con tranquilidad, abrí uno de los cajones de un armario y guardé en él la pequeña escultura. Después me aproximé a la ventana con la intención de echar completamente las cortinas. El estaba allí.
  Inmóvil, asiendo las cortinas con una mano, permanecía unos instantes contemplando la calle. El mendigo que me había asediado repetidas veces, aquel cuyos degenerados rasgos me recordaban a Adriano, miraba hacia mi ventana con sus ojos de ciego.
  Decidido de una vez por todas a terminar con aquel misterio, me vestí con rapidez y, con mano nerviosa, redacté un cable en una hoja de papel. Al entregar la llave en la recepción, rogué que lo transmitieran inmediatamente y di el nombre de mi sobrino Arthur como destinatario de mi mensaje en Londres.
  El mendigo había desaparecido.
  Seguí la calle en una dirección y, volviendo después sobre mis pasos, me encaminé hacia el norte. A lo lejos, la claridad de la luna bañaba espectralmente las ruinas de la Acrópolis. Finalmente lo vi. Caminaba dificultosamente unos cien metros delante de mí. Me mantuve a una distancia prudencial y me determiné a seguirle hasta donde fuera preciso.
  Ocultándome tras los árboles, tomaba toda clase de precauciones para evitar ser visto. La primera vez que contemplé los ojos de aquel pordiosero me pareció que era ciego, más tarde intuí que me miraban sin verme; daba la impresión de conservar la facultad de la visión, aunque –si así pudiera explicarse– «vuelta hacia dentro».
  Por su forma de andar, parecía dirigirse hacia algún lugar determinado. Se internó en barrios que yo no conocía, y maldije la precipitación que me había impedido tomar el plano y la brújula. Al cabo de media hora estaba completamente desorientado. Tan sólo la proximidad de la altura de la Acrópolis me hizo comprender que aquella zona estaba muy alejada del centro.
  Al llegar a una callejuela especialmente siniestra –Adriano porque a la sazón estaba convencido de que lo era– volvió la cabeza ligeramente , aunque no podría decir si fijó en mí sus ojos, entró en uno de los portales y desapareció de mi vista.
  Yo, al verme solo en un paraje desconocido, fui asaltado por un temor irracional y, sin poder evitarlo, eché a correr precipitadamente sin saber hacia dónde.
  Al cabo de más de dos horas, regresé a mi hotel. Los primeros rayos del sol naciente comenzaban a iluminar los restos del Partenón cuando dejé la calle y entré en el vestíbulo. Debía de presentar un aspecto lamentable, porque el empleado de recepción me miró con extrañeza cuando me entregó la llave y un pequeño sobre dirigido a mi nombre.
  Una vez en mi habitación, me desnudé y tomé un baño reparador. Más tarde me eché sobre la cama, quedándome dormido casi al instante.
  Eran más de las dos de la tarde cuando me desperté sobresaltado. Sobre la mesilla de noche permanecía el sobre dirigido a mi nombre. El agotamiento en que mi periplo nocturno me había sumido y el sueño posterior habían hecho que me olvidara por completo de aquella carta.
  Examiné detenidamente el sobre. Estaba cerrado, y en el exterior no había ningún sello, lo que parecía indicar que había sido entregado en propia mano. Mi nombre y apellido aparecían escritos con letra vacilante, como si el remitente fuera un anciano o una persona enferma y sin fuerzas.
  En el interior, hallé una hoja de papel con unas palabras escritas en griego. Mi casi absoluto desconocimiento de la lengua helena me impidió comprender el significado de aquel mensaje, por lo que, sin pérdida de tiempo, me dirigí a recepción y solicité de uno de los empleados que lo tradujera a mi idioma, cosa que él hizo con presteza.
  De nuevo en mi habitación, me dispuse a leer la cuartilla en la cual el recepcionista había anotado la versión inglesa del mensaje, pero un extraño ruido atrajo mi atención antes de que pudiera poner los ojos sobre el texto.
  Me dirigí hacia el armario, lugar del que parecían provenir los ruidos, y me detuve un instante al advertir que el punto exacto de donde surgían era el cajón donde había guardado la extraña estatuilla. Al abrirlo, me quedé paralizado por el terror; una pequeña serpiente se irguió hacia mí, amenazadora, surgiendo de entre los restos destrozados de la escultura. Unos segundos después, cerré las puertas precipitadamente, y sin perder un instante, telefoneé a recepción. Cuando los empleados del hotel abrieron el armario con toda clase de precauciones, tan sólo pudieron hallar los fragmentos de la pequeña figura. Un cinturón de cuero de mi propiedad yacía sobre el fondo del mueble.
  Al quedarme solo en la habitación, me sumí en una profunda depresión. ¿Estaba comenzando a volverme loco? ¿Cómo había podido tomar un inofensivo cinturón por una serpiente venenosa? ¿Acaso no sería capaz en el resto de mi vida olvidar los sucesos de la mansión Lenton y los desvaríos narrados por Víctor?
  La oscuridad del mensaje que había mandado traducir no contribuyó en modo alguno a devolverme la tranquilidad perdida.
  «Has visto el rostro de la diosa –rezaba el contenido de la anónima carta–. Surcarás el piélago en tu última cuna camino de la tierra, a tu pesar, fatalmente prometida. Moisés es rescatado nuevamente de las aguas por la hija del Nilo».
  A pesar de haberlo leído varias veces no conseguí aprehender en absoluto el sentido de aquel extraño mensaje. ¿Acaso el empleado de recepción había realizado, cosa perfectamente posible, una deficiente traducción? –me preguntaba. De todas formas, aquello tenía todo el aspecto de parecerse a las respuestas de los antiguos oráculos. Sólo a posteriori –lo que no dejaba de ser preocupante– estaría en condiciones de comprender la verdad, si la había, en aquellas enigmáticas palabras.
  El resto del día lo dediqué, infructuosamente, a intentar localizar el barrio y la casa donde había perdido la pista del mendigo que parecía a Adriano.
  Por más vueltas que di, provisto esta vez del plano y de la brújula, no conseguí en absoluto identificar la zona. Con toda seguridad, las cosas adquieren un aspecto distinto en la oscuridad de la noche, y este particular, unido a la similitud de las diferentes y numerosas callejuelas, hacían mis pesquisas más difíciles.
  Había ya oscurecido, cuando vi de lejos la figura de un mendigo. Apresuré el paso, pero enseguida me di cuenta de que no se trataba del que yo había tomado por Adriano. Aun visto de espaldas, su aspecto y contextura eran diferentes por completo. Tan sólo tenía de común con aquel al que yo intentaba localizar el harapiento atuendo y el mugriento morral. A pesar de lo cual, me decidí a seguirle.
  Comprobé sorprendido, al poco rato, que el barrio y las calles por donde íbamos entrando, me resultaban familiares. ¿Acaso existía por aquella zona un albergue donde pernoctaban los mendigos o, al menos, una parte de ellos? Los latidos de mi corazón se fueron acelerando conforme nos aproximábamos a la casa en la que había perdido de vista a Adriano. Apenas faltaban ya veinte metros para que el pordiosero llegara al portal, cuando, repentinamente, se detuvo. Yo, presintiendo que no debería permitir que me viera, me oculté tras los tablones de unas obras y, desde allí, atisbé por entre las rendijas. El mendigo fue volviendo lentamente la cabeza hacia donde yo me encontraba, aunque obviamente no podía verme, y, cuando pude contemplar enteramente su rostro, tuve que asirme fuertemente a algunas tablas para conservar el equilibrio. El rostro de aquel pordiosero, aunque desfigurado por las privaciones, me recordó vivamente al de mi difunto amigo Víctor.
  No sé cuánto tiempo después, recobré el conocimiento. Me hallaba postrado sobre los materiales de la obra, por lo que comprendí al poco que me había desmayado. Casi al instante rememoré el rostro de aquel pordiosero al que había seguido, y, cuanto mejor lo recordaba, más convencido estaba de que aquel era Víctor.
  Comencé a temblar de pavor temiendo haber perdido el juicio.
  ¿Cómo era posible que se tratara de mi amigo, si había perecido en el espantoso incendio que siguió a mi última visita a la mansión Lenton? ¿Acaso no eran suyos aquellos espantosos y calcinados restos que se hallaron, firmemente abrazados al cuerpo momificado, y asimismo destruido, de su hermana Mercedes?
  Considerablemente debilitado por el sobresalto, me incorporé y recompuse, lo mejor que pude, mi atavío. Mi reloj de pulsera señalaba las doce y media, pero debía de ser más tarde, porque las manecillas permanecían inmóviles, lo que me indicó que, seguramente, se había dañado en mi caída.
  Fui encaminándome lentamente hacia el portal donde habían desaparecido los mendigos, y, decidido de una vez por todas a averiguar si mi mente permanecía o no en su sano juicio, entré en la casa. Avancé a tientas por un largo pasillo al fondo del cual creí percibir una luz.
  Al llegar al punto aquel, comprobé que, en efecto, una lamparilla de aceite situada media altura, en una repisa, iluminaba tenuemente el corredor, que en aquel punto se doblaba en ángulo recto. Algunos metros más allá, fuera de la zona iluminada, creí vislumbrar los primeros peldaños de una escalera que descendía hacia lo que no podía por menos de ser el sótano.
  Con mucho tiento, apoyándome en las paredes, fui descendiendo procurando hacer el menor ruido. Al cabo de un descenso considerable, llegó a mis oídos un murmullo de preces repetidas con voz monótona. De vez en cuando, se oía un sonido tintineante y metálico como de pulseras que se entrechocaran. Una pesada puerta de madera me cerró súbitamente le paso, y, deseoso de escuchar con más nitidez los rumores procedentes del interior, me apoyé contra el batiente y apliqué el oído sobre la madera. No bien lo hube hecho, cuando la puerta fue abierta de improviso y me precipité dando tumbos en la estancia situada tras ella.
  Desde el suelo, contemplé una extraña asamblea. Cinco o seis mendigos, totalmente repugnantes, yacían arrodillados en círculos alrededor de una estatuilla que, a pesar de mi estado, identifiqué rápidamente como una réplica de la que yo había adquirido el día de mi llegada.
  Al instante, otros dos pordioseros que yo no había visto, y que sin duda se encontraban expectantes junto a la puerta, asieron mis brazos con fuerzas que no se correspondían con su aspecto, y me obligaron a incorporarme. Entonces, con los ojos desorbitados por el horror, vi a Adriano, perfectamente reconocible bajo sus harapos de pordiosero, y, a su derecha, aunque mi mente se negaba a creerlo pude contemplar a Víctor.
  Incapaz de pronunciar palabra, contemplé aterrado cómo aquellos dos espectros vivientes, pues tal era su apariencia, se encaminaban hacia mí sonriendo siniestramente. Un momento antes de perder el conocimiento, sentí que me arrastraban hacia una mesa oscura situada en una ángulo de la estancia. Aquello, comprendí aterrado, era un sarcófago egipcio.
  Cuando desperté, había perdido la noción del tiempo. Me encontraba en un estado de extrema debilidad y yacía sobre una superficie muy dura. Al instante comprendí, a causa del bamboleo, que me encontraba a bordo de una embarcación de pequeño calado. Quise moverme, pero, al intentarlo, mis brazos tropezaron contra una paredes que me rodeaban muy de cerca. Tanteé con mis manos aquella superficie hasta que, empavorecido, comprendí que me hallaba en el interior del ataúd.
  Casi al instante, alguien retiró la tapa, y las cabezas de los mendigos aparecieron sobre mí recortadas en el cielo estrellado. En seguida, me ataron de pies y manos, a lo que no pude oponer resistencia, y acercaron el ataúd a la borda de aquella embarcación.
  De aquella guisa permanecí, mudo de espanto, por espacio de más de una hora, al cabo de la cual, comencé a escuchar un murmullo que fue subiendo de tono y que parecía proceder de tierra. Sin duda, nos hallábamos cerca de la orilla, próximos a la costa... o a la ribera de un río.
  A pesar de que la noche era estrellada, un fulminante relámpago recorrió de pronto el cielo, tras lo cual, la luz de la luna se intensificó de tal modo que creía que un fenómeno cósmico de naturaleza desconocida iba a producirse.
  A continuación, mis secuestradores me incorporaron en mi ataúd, lo que me permitió ver que nos hallábamos a escasos metros de uno de los márgenes de un caudaloso río. Las ruinas de un templo, bañadas por la claridad lunar, se ubicaban muy cerca de la orilla.
  Con los ojos desorbitados por el miedo, pude ver una inmensa multitud de gentes que se apiñaban en las proximidades del templo... de Dar-el-Sakar, pues no podía ser otro. Así pues, había sido trasladado en un navío hasta la costa africana y, desde allí, remontando el Nilo, me habían conducido hasta aquel infame lugar.
  ¿Qué iba a ocurrirme? ¿Por qué había sido apresado de aquella forma? ¿Era aquel mendigo mi desgraciado y, según creía, difunto amigo Víctor? ¿Qué extraña maldición pesaba sobre los que habían contemplado, aunque fugazmente, como era mi caso, el rostro de la diosa?
  Aquel murmullo procedente de tierra fue cediendo el paso a un general quejido que, igual que una plegaria suplicante, se elevó desde cientos de gargantas, incluidas las de mis raptores, hacia el astro nocturno, en el que parecía resumirse todo el amor y todo el horror del mundo.
  De pronto se escuchó un ruido subterráneo semejante al que se produce con ocasión de un sismo, y, a continuación, se hizo un silencio absoluto.
  Muy poco a poco, emergiendo desde las profundidades de la tierra, comenzó a escucharse un cascabeleo metálico. Se trataba de un sistro. Su sonido se fue haciendo más nítido, y sentí que, al conjuro de aquella vibración, se helaba la sangre en mis venas.
  Surgiendo como sombras demoníacas por una de las derruidas puertas, aparecieron cuatro siluetas que al instante identifiqué como sacerdotes del antiguo Egipto, debido a los atuendos con que se ataviaban.
  En aquel momento hizo su aparición la hija de Isis.
  Apareció hierática en la puerta de la cámara. La luz de la luna la envolvía en un halo al incidir sobre los sutiles velos con que cubría su cuerpo. Sus ojos, perfilados con negrísimo khol, destellaban en la penumbra en que los sumía su peluca de azabache. Sus labios, ligeramente entreabiertos, eran una ardiente invitación al amor más desesperado. Sus breves senos se adivinaban bajo la gasa transparente que caía en pliegues inundando sus muslos. Sus pies desnudos eran como dos palomas en tierra blanqueados por el resplandor lunar. Uno de sus brazos se desmayaba lánguido a lo largo de su cuerpo y el otro, doblado en ángulo recto, adoptaba una postura ceremonial. El metálico sistro temblaba en su mano de nácar, y al agitarse era como si ríos de plata inundaran la noche.
  La hija de la luna dio un paso hacia delante y sus ojos negrísimos se clavaron en la multitud de aquellos, que por permanecer para siempre a su servicio habían adoptado la condición de mendigos. Después, alzó ligeramente los ojos y me miró.
  En aquel momento, petrificado como me encontraba, advertí que mis raptadores desataban mis manos. El ataúd se bamboleó, sujeto por unas cuerdas, las cuales lo depositaron, y a mí con él, sobre la superficie del agua. Un ligero impulso dado con una pétiga hizo que mi fúnebre barca se dirigiera hacia el punto de la orilla en el que, bellísima y horrenda a la vez, me aguardaba la misteriosa aparición.
  En aquellos momentos, mientras surcaba las aguas hacia lo irremediable, vinieron a mi memoria las palabras del oráculo griego:
    «Has visto el rostro de la diosa. Surcarás el piélago en tu última cuna camino a la tierra, a tu pesar, fatalmente prometida. Moisés es recatado nuevamente de las aguas por la hija del Nilo».
 
 

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